Empiezo a trabajar a las dos de la tarde, así que tengo la mañana despejada.
No es que haga nada de especial. Debería arreglar definitivamente lo de la cuenta bancaria, pues esto de no tener donde ingresar el dinero, que espero que me paguen en breve, o no tener una tarjeta con la que pagar en los comercios es una lata. Hasta ahora he estado usando la tarjeta de mi cuanta española, pero como no me toque la lotería y me llene la susodicha cuenta de pasta, no veo como voy a poderla seguir usando.
Ayer se suponía que tenía una cena con unas chicas lituanas, que al final, se ha pospuesto para el martes (creo). Lo bueno es que libro este martes, lo malo que el miércoles he de estar aguantando candela desde las 10:00 hora zulú. Cuerpo jota voy a llevar al curro. Al menos estaré a juego con el equipo que, ya sea por resaca de una cosa o de otra o sea por pura y simple escasez de sueño, tienen un aspecto francamente.
El caso es que, otra vez, toca recoger deprisa y corriendo, cuando yo me creía que aún me quedaba una hora o más por delante y estaba tratando de adelantarme trabajo para el día siguiente (en el que no vengo a trabajar, pero empiezo a conocer el paño y se que lo que no deje preparado yo, salvo que se trate de tarta de Santiago, de Zanahoria o salsa Romescu, aquí nadie se hace cargo). Me voy haciendo con las rutinas de la cocina y de mi sección y más vale dejar el máximo número de cosas atadas para un par de días.
Pero toca irse para casa y para casa nos vamos.
En el Hostel os dejo que adivineis que es lo que pasa...
Pues sí.
Como de costumbre, entre unas cosas y otras, no me acuesto precisamente pronto. De hecho, paso la noche en vela hasta el amanecer pues un colega del Hostel está un poco tristón y entre un grupo de incondicionales, nos dedicamos a escucharle y hacerle compañía. Pero como parte de la noche pertenece a otra fecha, la tendreis que leer en otra crónica (pero no os hagais ilusiones, el amiguete tiene asunto privados que no van a ser comentados en este blog, al menos no por mí.
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