lunes, 28 de septiembre de 2009

Día trigésimo octavo. Viernes 25.

Me quedo dormido.
Lo malo es que he quedado para ir a investigar el tema de los bancos por la ciudad y tengo poco tiempo hasta entrar a trabajar.
La paisana y yo hacemos lo que podemos.
Para cualquier cuenta de “todo a cien” no te piden casi nada, pero yo necesito poder transferir dinero a cuentas en el extranjero y que quede algo para llegar al destino. Eso requiere de mucho más papeleo, que les lleve un resguardo del pago de impuestos y no se que más. Además, en el mejor de los casos, me cobran una bonita suma al mes solo por tener la cuenta. Esto cambia con el paso de los meses hasta duplicar lo que me acaba costando la dichosa cuenta.
El rollo es que me dicen que la cuenta va acompañada de un seguro que me cubre hasta de que me metan un brazo por una manga. Incluso si aparezco con un kilt por la calle el seguro me lo cubre y me paga el internamiento psiquiátrico. Y ya, si nos ponemos, tres noches a la semana en prostíbulo de lujo.
me toca las narices porque lo de los seguros estos que nos son para el coche en caso de accidente son una patraña saca cuartos. Y me quieren vender la moto sobre la que se han subido. No primo. Si no me queda más remedio paso por el aro con un grácil salto de “cojo cayéndose por las escaleras”. Pero voy a explorar otros mercados. Me dicen de ING. Pero no me he fiado hasta ahora y no acabo de estar convencido, ahora que como sea más barato con los servicios que requiero me van a tener como cliente.
Después de la infructuosa incursión bancaria pasamos por el Hostel para que recoja mi ropa de combate y previa para en el Job Center, donde ya no son tan amables como hace un mes, Paisana me acompaña a la puerta del trabajo, quedando en que quizá salgamos luego a tomar algo.
Me apetece desconectar un rato de todo y de todos. La opción de salir con otra gente se me presenta magnífica.

Hoy es el último día de McEllen en la cocina. Nos pilla un poco el toro pero nada que no se solvente con gracia hispano-escocesa con un toque de Chopin.
Me toca las narices que, cuando le digo lo que creo que necesito para el día siguiente me diga que no me va a hacer falta, pero se despide deseándome suerte como el que se despide de un condenado a algo realmente chungo. McEllen, tío, me esperaba algo mejor de ti.
El caso es que cerramos el chiringuito y mi plan de salida no sale bien por al sencilla razón de que no me responden al teléfono. Mala suerte.
Echo unos billares en el Hostel y, como no, me dan las tantas.
Empiezoa tener la sensación de que es mejor el whisky con vodca y ginebra, todo mezclado, que el té…
Me lo paso bien, eso sí :-)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El castillo del centro de Edimburgo

El castillo del centro de Edimburgo
Un soleado día en Edimburgo