Arrastro el daño colateral de los dos últimos días. O debo decir noches. El caso es que hasta las tantas no soy persona.
Amanezco con el medio día porque sobre esa hora entran al asalto los reclutas de turno para la limpieza de la habitación. Si eres lo bastante ágil, te metes en el baño y la ducha antes de que empiecen con ello. Eso les tiene que putear, claro, pero uno tiene que amortizar el tiempo al máximo y en ocasiones, como es el caso, se tiene que ir a los baños de otra planta para proceder a las rutinas de aseo.
No es tan grave. Arrastrar mi escuchimizada fisonomía, en ropa de dormir, por medio Hostel No es a mí a quién puede afectar la percepción de la realidad.
Después, me junto con el hispalense, que está acatarrado, para planear qué hacer hoy. El va a la facultad, que para eso es estudiante, yo me quedo zanganeando en el Hostel. Cuando el hispalense vuelve, nos vamos a buscar las tiendas de las que me habló el otro día Jofra para comprar ropa de deporte y demás.
Ambos buscamos abrigos pero lo que vemos es un poco caro para nuestras posibilidades. Aunque echo el ojo a un par de cazadoras de cuero con muy buena pinta. De vuelta al Hostel nos encontramos con otra paisana con la que nos vamos a cenar. Bueno, cenar cenamos el hispalense y yo porque nuestra nueva socia acaba de hacerlo en la cocina del Hostel.
Echamos un bien rato en un restaurante junto al Hostel en el que nos deleitamos con unas hamburguesas regadas con algo de cerveza de la tierra.
A las tantas ya, consigo escribir algo y publicarlo pero no llego a ponerme al día, tal y como pretendía hacer (llevo pretendiendo hacerlo ya ni me acuerdo del tiempo). Pero al menos, algo se escribe.
Quedo con la paisana para ir por la mañana a mirar cuentas de banco a ver si consigo que me abran una “buena, bonita y barata”, con la que poder hacer transferencias internacionales sin que me apuñalen la espalda pero que me permita ingresar mi salario y tener una tarjeta de débito disponible.
Lo cierto es que el día fue algo más intenso, pero describir como dos fulanos ibéricos van de compras, sin mujeres, por el reino unido, resulta bastante lamentable. Máxime cuando uno de ellos se pasa el rato moqueando y conseguimos comprar clinex justo a tiempo. Es de estas situaciones en las que la realidad no supera a la ficción. Simplemente la revienta…
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