sábado, 23 de octubre de 2010

Hago "Zas...!!!"

Queridos y pacientes lectores.

Esta entrada la escribo en honor de “El Prodigio”. Él sabe perfectamente quién es.

Y se la dedico por dos motivos.

El primero es por un correo que ha tenido a bien enviarme comentándome el destino que me espera para con sus hijos J

El segundo, por un mensaje en el que protesta, no sin razón, de que al no ser un sectario del “caralibro” (facebook para el común de los mortales), no le llegan, sino de rebote, algunas de las noticias que me conciernen.

Por supuesto está también dedicada a aquellos que quieran perder su valioso tiempo leyendo estas líneas. Si no fuera por vosotros me limitaría a escribirle a esta persona un simple correo J

Situémonos en el pasado miércoles veinte de octubre.

Vengo de librar dos días seguidos, lo que no es habitual y además, he aprovechado uno de esos días para ir a patinar por esta ciudad (sigo en Edimburgo). Además he disfrutado de una visita desde Madrid la semana pasada y la de los padres de mi compi de piso esta. El Sol refulge y la vida me sonríe. O me hace muecas pero todo está en como se lo tome uno. Me toca trabajar con mi jefe, lo cual quiere decir que, si la cosa se pone muy complicada, sacará el “Superchef” que lleva dentro y resolverá las comandas en un visto y no visto. Así que me deja a cargo del servicio y él, con calma, va preparando cosas aquí y allá. Trabajar con el es como saltar al trapecio con red y arnés de seguridad extra. El servicio va a salir adelante sin problemas con total seguridad. Y si la cosa se pone muy tensa me toca correr para poder tener la sensación de que hago algo. Este tío puede con todo.

Pues pasada la hora punta de los desayunos, que había sido más bien suave, como ya esperábamos, me dedico a la caza de algo que hacer. No es que no se pueda mamonear. Alguno de mis compañeros lo hace con frecuencia, pero sucede que el tiempo pasa o da la sensación de pasar más rápido cuando estás ocupado, por no hablar de la satisfacción de hacer algo útil.

Como buen “pirata de tareas sin asignar” en el que me he convertido encuentro una lista en la que aparecen las cosas que necesitan ser hechas en algún momento y leo que la única que está si hacer es la “ensalada de col” que aquí llaman “Collslaw” o algo así.

La tarea en sí misma es muy sencilla. Uno pela una cebolla unas zanahorias y agarra un repollo (con fuerza que pesan un huevo). Y con ayuda de una mandolina (instrumento consistente en una rampa interrumpida en su centro por una ranura en la que se ajusta una hoja afilada con el propósito de sacar rodajas o pequeños filetes de verduras u otro género) se cortan en tiras o julianas la cebolla y el repollo y se añade las zanahorias ralladas junto con mahonesa.

Hasta aquí vamos bien.

Me encuentro terminando con el repollo después de haber cortado finamente la cebolla cuando mi mente, perdida por un instante en vete a saber que peregrinos pensamientos, se distrae por un instante y zás, un pedacito del meñique del que suscribe pasa a la historia con media uña incluida…

AY!!!

Lo primero que siento es un chute fulminante de adrenalina que me hace jurar en un par de idiomas. Pedazo de corte. Lo lavo y trato de contener la sangre. Me parece hasta ver el hueso pero me digo que no puede ser…

Sí puede ser.

Mierda!!

Le digo al friegaplatos que busque al jefe y le diga que tengo un problemilla. Aprovecho para buscar el trozo de carne que le falta a mi dedo y lo encuentro. Mira tú que suerte…

Aparecen de golpe el responsable de mantenimiento y mi jefe, este con el botiquín, dispuestos a ver que pasa y si es tan grave como les ha debido decir el otro compañero.

Pues sí. Chorro de sangre va, chorro de sangre viene me ponen un apósito y me preguntan que qué prefiero para ir al hospital, que si taxi o ambulancia. Miro con cara de ¿pero que me estás contando colega? Dame mi cacho de carne y salgamos zumbando en lo que sea que quiero que me cosan esto a ver si tiene arreglo. Coño”. O eso es lo que pienso pero contesto muy educadamente, Tú medirás que es mejor Primo. A todo esto entra la directora de guardia y ve como me acuclillo mientras mi jefe me termina de poner el apósito. No es que quiera que me nombren caballero, es que se me ha pasado el subidón de adrenalina y necesito facilitarle a mi sangre el llegar a la cabeza. “Estás muy pálido David. ¿Estás bien?” dice.

“Claro, Prímula” pienso yo “me he tajado un trozo de dedo y lo estoy buscando por el suelo. No te jode” Como no me acuclille que caigo redondo y a más distancia del suelo. Pero lo dejo en un “está bien, está bien”.

Que me mandan en taxi. “¿Quién me acompaña?” Pregunto yo que soy un águila para estas cosas. “Ah, pues que te acompañe el friega platos”

Pues muy bien. Allá que vamos. Primero hay que cambiarse, porque hay que salir adecentado a la calle y luego corriendo al taxi que ya espera en la puerta.

Porque no estaba o para correr por ahí que si no a pie llegaba casi antes, con la vuelta que se dio. No fue culpa del hombre. Había muchísimo tráfico y a mí los cinco o diez minutos se me antojaron eternos.

Pero nos dejó clavaditos en “Lesiones menores”. Como era mi dedo, la lesión era menor, llega a ser el de otro y ya veríamos…

Pero me toman nota en seguida

“¿Qué quiere usted?”

“¿Yo? Una de dedo, por favor”

“Marchando!!”

El caso es que entre una cosa y otra no pasamos más de veinte minutos en el hospital. Me dijeron que el trozo que yo traía tan ilusionado con la esperanza de que me lo cosieran no me lo iban a coser.

“Que no, majo. Que esto se regenera solo. Ya te crecerá”

Ya veremos qué es lo que me crece al final.

Me practican unas curas. Un vendaje y para casa machote que esto no es nada.

Vuelve mañana que te cambiemos el vendaje y ya te contamos como va la vaina

De vuelta en el trabajo, menos de una hora después de haber salido, mi jefe me manda para casa y me dice que me tome el día siguiente también libre. Que vaya al hospital y me curen como es debido y todo lo demás y con lo que me digan, que hable con él. Así que ayer estaba ya de vuelta al trabajo con un vendaje estupendo en el dedo y confiando en que vuelva a ser lo que fue.

Resumen. El dedo me tiene algo puteado pero no duele, es simplemente raro notar el vendaje en la herida. Eso sí. Tiemblo al pensar que me tengo que quitar el vendaje mañana.

Qué grima….

Prodigio. Por lo demás estoy perfectamente. Solo echándoos de menos a todos en general y a quién tú ya sabes en particular… J

lunes, 2 de agosto de 2010

Día 337. Cuando te suceden estas cosas.

Cuando te suceden estas cosas.

Dramáticamente escatológico, pero no puedo evitar poner, al fin por escrito, ese sentimiento que a todos nos debe de haber asaltado alguna vez al vernos presa de las circunstancias y tratar por todos los medios de escapar de ellas.
Claro. Uno escucha o lee la anécdota y puede pensar -pues ya ves que tontería- Si este es el caso, ruego a aquellos que son de este parecer, se impriman este relato y lo tengan a mano para el momento en el que se vean en semejantes circunstancias, que no están solo ni son pioneros es dicho campo.

Al asunto. Tengo el gusto, aquí, en tierras septentrionales perdidas de la mano de esa civilización a la que estoy acostumbrado, es decir, la de la castiza meseta ibérica, de disfrutar de nuevo de la compañía de una amigo que hace pocos meses regreso sin intención de volver a corto plazo. Ha resultado ser una grata sorpresa el que decidiese presentarse aquí con el firme propósito de quedarse algún tiempo, si la oferta de trabajo a la que ha respondido le sale bien.
El caso es que ayer quedamos para vernos, dar un paseo, cenar y tomar algo. No paramos de charlar durante aproximadamente unas seis horas. Nos descuidamos con la hora y tuvimos que optar por cenar en un italiano en el que, a pesar de lo tardío de la noche y ser domingo, nos dieron de cenar. La palabra clave aquí es “Vesubio”, que viene a ser el nombre de una de las dos pizzas que decidimos compartir como buenos camaradas. Digo la Clave porque una característica que era de esperar por el propio nombre de la pizza es que tenía un importante factor picante. Nada incomestible por otro lado, pero quienes conozcan el paño sabrán que, los alimentos picantes a los no habituados, suelen tener la particularidad de picar tanto al entrar como al salir.
Si yo tenía dudas de cuanto duraba mi proceso digestivo, este suceso me las ha aclarado. No son unas tres o cuatro horas como yo me figuraba, sino más bien unas dieciocho o veinte. Puede que algo menos, pero el caso es que, hoy habíamos decidido quedar de nuevo, pues ha de llevar a cabo algunas gestiones de carácter administrativo que implican factores anglosajones y mi estimado amigo se siente, por ahora, más seguro si yo me encargo de las gestiones telefónicas que conllevan el tratar con nuestros primos hermanos hijos de la Gran Bretaña. Esto nos ha servido de excusa, al menos a mí, para dedicar medio día al solaz y compañía de este, mi amigo.
En mi confianza fisiológica y creyendo que conozco mis procesos internos básicos y elementales, pensé que ya había procedido a desestimar, por la mañana, el asunto de la pizza consumida la noche anterior. Error.
Aquello, de manera totalmente silenciosa e inapreciable seguía su lento curso a través de esas múltiples vicisitudes que sufren aquellos alimentos que corren la suerte de ser ingeridos por, en este caso, mi persona.
No quisiera entrar en detalles más desagradables de lo absolutamente necesarios, pero considero que es importante hacer inca pie en algunos de ellos, con objeto de transmitir al lector en la mayor medida posible el grado de embarazo que puede esta, mi persona, llegar a sufrir en determinadas circunstancias. Ya durante el paseo noté algunas señales de advertencia. Incluso parados en un semáforo tuve a bien poner en antecedentes a mi compadre sobre la necesidad de que se alejase, por favor, un poco, pues yo había procedido a expulsar de forma fortuita una silenciosa (o eso creo yo) ventosidad y había constatado su carácter de infame y nauseabundo hedor. Presa de la vergüenza traté de mantener a mi estimado colega ignorante de su verdadera esencia (si, esencia en el más amplio de los sentidos, por decir algo), que no de su naturaleza. Venía a ser algo así como –Oye majete. Aléjate un poco no termine de golpe nuestra amistad, anda…-
Al constatar que lo hora ya era tardía y por convencimiento mutuo de atender distintos asuntos personales, dimos al rato por concluida nuestra jornada de asueto y procedimos a resolver nuestros respectivos negocios pendientes del día. En mi caso, hacer una rápida compra en un supermercado y retirarme para descansar y recuperarme para el día siguiente. No contaba yo con que mi organismo, en plena ebullición y entusiasmo productivo, seguía con sus procesos sin prisa pero sin pausa.
El drama sobrevino dentro del supermercado. Unas compras rápidas no tendría por qué haber supuesto trastorno alguno, pero el caso es que el sentimiento de culpa y de agresión al prójimo floreció en mí tan pronto como dejé escapar una ínfima (lo juro ÍNFIMA) porción de gas interno a presión y se me vino el mundo encima.
Tengo un amigo que se hubiese sentido a la par orgulloso y a la par celoso de aquella creación.
Yo solo quería desaparecer de allí y que nadie me recordase.
¡¡Qué asco!!
Tan aprisa como me fue posible me dispuse con el mayor empeño a cubrir mi rastro recorriendo pasillos a gran velocidad tratando de no ser relacionado con la infamia que había dejado escapar en un lugar público y cerrado. Por un momento, presa del pánico, creí que podrían proceder a la evacuación preventiva del comercio en cuestión, pero pese al alto grado de repugnancia que me pudiese producir aquello, dista mucho de los niveles que afirma haber tenido ese amigo que pudiera sentirse celoso.
La cálida sonrisa de la cajera, hermosa muchacha, me hace pensar que no fui relacionado con lo abandonado a mis espaldas en algún pasillo. Eso o que carece totalmente de sentido del olfato o del buen gusto.
Sin entrar en detalles, hace poco que comprobé que, al contrario de lo que creía, los chiles picantes de la pizza de la noche pasada no habían sido expulsados aún. Ahora sí (confío que en su totalidad)

martes, 2 de febrero de 2010

Me están pintando

2 de Febrero 10.

Me han enganchado a la serie Roma. Me estoy tragando capítulo tras capítulo vía Internet.
Esto ha sido como el típico gancho de la droga, Alguien te da un poco gratis, solo para probar y para cuando te quieres dar cuenta, dependes de tu dosis regular o no eres el mismo.
Pues en estas me encuentro, tratando de ver al episodio doce de la primera temporada cuando alguien, una amiga, me pide si me puede dibujar. Mi respuesta ha sido que no va a ser capaz de plasmar la perfección pero que adelante. Y aquí estoy, mientras me hacen otro de esos retratos que pasarán a la historia como obras de arte.
Espero que me saque guapo y joven. Lo primero es inevitable, lo segundo… qué le vamos a hacer, también pido que me toque la lotería y los hados no me hacen caso.

Entrando en materia de rutina, hoy he comenzado mi formación práctica como encargado de limpieza en el Hostle. Me ha llevado cinco horas y al contrario d elo que se piensan muchos, no se trataba de “mandar” si no de revisar y chequear incansablemente el trabajo de otros. Además se es el malo, hay que decir a la gente cuando algo no se está haciendo bien, o llamarles la atención si han hecho algo inapropiado. Ser el malo de la peli. Por otro lado, hay cosas que tiene que rematar uno mismo. De hecho son un buen montón de cosas. Vamos, que uno se gana las horas a puro huevo. Menuda paliza. También imagino que, cuando lleve algún tiempo haciéndolo, me será mucho más llevadero y lo haré rápido y sin complicarme la vida.

(Me estoy viendo de reojo en el retrato y parezco el malo de alguna historieta sórdida.
Cualquier día de estos poso para una revista )

Mañana me toca “Head Cleaner El Retorno” y esta vez ya me dejan solo. En la próxima entrega os cuento como me ha ido…

martes, 26 de enero de 2010

Glú, glú, glú...

Flotando.
Cuando uno no está haciendo nada de provecho, tengo un amigo que dice que esa persona está “flotando”. Lo cierto es que tiene gracia.
En este caso y para la historia que nos acontece lo que cuenta de flotar es el puro acto de mantenerse medio sumergido pero conservando la posibilidad de rellenar de aire regularmente los pulmones.
Pero empecemos por el principio.
De un tiempo a esta parte y salvando una pausa para las navidades, he estrado yendo a nadar a una piscina. Ahora he vuelto a hacer una media de mil cien metros por sesión pero me he pasado algunas semanas haciendo más de dos mil. Para alguien que nunca ha nadado no está mal o eso me parece a mí, que soy el que se mete la caña.
La piscina está dividida en calles con distintos ritmos de entrenamiento, esto es un para de calles “slow”, o sea, despacio, otro par de calles “medium” (Imagino que será de velocidad media y no para fantasmas). Y otras dos calles para “Fast”, rápido. Yo por norma general y disfrutando de un físico privilegiado para el ejercicio físico, siempre me he metido en las calles de “medium”, de este modo no estorbo a los que van rápidos como pingüinos en celo, ni los más lentos me entorpecen a mí. El caso es que a mitad de cada sesión solía aparecer un fulano, de unos cincuenta y tantos años, con sus lorzas y cara de zombie, que llegaba a la calle en la que estábamos nadando y se dedicaba a flotar impulsado por la brisa. Tú estabas nadando a tú ritmo ligero y te encontrabas con ese cúmulo de grasa flotante y claro, te corta el rollo cosa mala. Tienes que: o bien ir nadando detrás del parásito hasta que llegue a puerto, o tratar, si las circunstancias y el tráfico lo permiten, de adelantarlo. Esto es molesto e irritante.
El caso es que el tipo no parece darse por aludido cuando nos dedicamos a superarle de manera sistemática para intentar conservar nuestros propios ritmos de entrenamiento. El hijoputa debe pesarse que la piscina es suya y que el resto nos hemos colado. No nos dice que nos marchemos porque le acojona el número…
A mí me tiene harto. Hoy después de la sesión me he ido a hablar con los encargados para preguntarles si quieren que yo le diga algo o se lo dicen ellos. Esto lo he planteado en términos generales, refiriéndome a cualquier fulano “tronco flotante” que me pueda surgir y planteándoles que no quiero resultar rudo al ser yo quien llame al orden al desconsiderado de turno. Me han respondido que perfectamente, que lo ponga inmediatamente en conocimiento del socorrista que él se hará cargo de la situación.

A ver por donde me salen. Comentaba, después de todo esto, con mi amigo Hispalense, que es el que se viene a nadar conmigo. Que si no me hace caso el socorrista o el fulano ignora sus indicaciones, voy a agarrar, en mitad de la piscina al susodicho madero de naufrago por las pelotas y darle un buen apretón, de esos de “hubo un antes y un después”, a la vez que retuerzo y tiro con energía hija de la frustración hacia fuera.
Aunque solo sea de la sorpresa creo que semejante operación hará que el individuo trague suficiente agua como para que no se atreva a probar este líquido en varios meses por miedo a palmar de sobredosis. Si por algún azar se diese el caso de que realmente le de “un algo” en mitad de la piscina, ya avisaré yo al socorrista de que “Hay uno ahí que parece que no las tiene todas consigo. Sí pariente. Se quedó más parado que de costumbre de repente y ahora parece que ha tragado algo de agua. Vamos que se nos ahoga la lumbrera.
Estos tipos, los socorristas, están muy preparados. Seguro que en el peor de los casos lo sacan adelante y este, o no sale de la calle “slow” o se pasa a dar bañitos en su puta bañera.

domingo, 24 de enero de 2010

2010 El retorno

De vuelta a trabajar en una recepción.
Ahora se trata de la del Hostle en el que vivo. Esto funciona de la siguiente manera. Cada día hay unos trabajos que hacer en el Hostie. Siempre los mismos con algunos añadidos puntuales. Para empezar y tomarle el pulso a uno se trabaja en la alimpieza cotidiana del establecimiento. A esto se le añade que si uno se gana la confianza de los responsables puede pasar a formar parte de la plantilla, lo que es conocido como ser Staff.
Este statu tiene sus ventajas como la de poder programarse el trabajo de la semana a tu mayor conveniencia, siempre y cuando los trabajos estén aún disponibles. También puede disfrutar de desayunos, con ciertas restricciones, gratis. Y lo que es más importante, si uno acumula suficientes horas de trabajo, puede venderlas a alojados que tengan largas estancias a razón de £50 por cada 14 horas vendidas. Eso sí, siempre le tienen que quedar a uno suficientes horas para cubrir su estancia semanal, que, al ser Staff, solo te requiere de 12 horas por semana.
En estas me encontraba cuando surgió la oportunidad. Me ofrecieron prepararme para Night Porter, lo que s “mozo de noche” para la recepción, para cubrir las libranzas del habitual cuando quiera librar o irse de vacaciones. Es un pequeño chollo, pues aunque de vez en cuando hay que palmar una noche, el trabajo no es, ni con mucho, tan esforzado como el de la limpieza (al menos el de limpieza tal y como yo lo hago, pues tengo un concepto de lo que es estar limpio que no me compensa para trabajar en ello).
La cosa tiene su mérito pues la compañía no quiere que nadie que sea de origen anglosajón o perfectamente bilingüe trabaje como recepcionista. Eso me da extra de vidilla pues entiendo que me tiene en mucha consideración para ofrecerme este trabajo. Aún no se han atrevido a dejarme solo pero en breve llegará el momento. Seguro que acumulo un montón de entretenidas historias para deleitar a los lectores supervivientes del Blog.

Desde la septentrional escocia, un fuerte abrazo…

El castillo del centro de Edimburgo

El castillo del centro de Edimburgo
Un soleado día en Edimburgo