Flotando.
Cuando uno no está haciendo nada de provecho, tengo un amigo que dice que esa persona está “flotando”. Lo cierto es que tiene gracia.
En este caso y para la historia que nos acontece lo que cuenta de flotar es el puro acto de mantenerse medio sumergido pero conservando la posibilidad de rellenar de aire regularmente los pulmones.
Pero empecemos por el principio.
De un tiempo a esta parte y salvando una pausa para las navidades, he estrado yendo a nadar a una piscina. Ahora he vuelto a hacer una media de mil cien metros por sesión pero me he pasado algunas semanas haciendo más de dos mil. Para alguien que nunca ha nadado no está mal o eso me parece a mí, que soy el que se mete la caña.
La piscina está dividida en calles con distintos ritmos de entrenamiento, esto es un para de calles “slow”, o sea, despacio, otro par de calles “medium” (Imagino que será de velocidad media y no para fantasmas). Y otras dos calles para “Fast”, rápido. Yo por norma general y disfrutando de un físico privilegiado para el ejercicio físico, siempre me he metido en las calles de “medium”, de este modo no estorbo a los que van rápidos como pingüinos en celo, ni los más lentos me entorpecen a mí. El caso es que a mitad de cada sesión solía aparecer un fulano, de unos cincuenta y tantos años, con sus lorzas y cara de zombie, que llegaba a la calle en la que estábamos nadando y se dedicaba a flotar impulsado por la brisa. Tú estabas nadando a tú ritmo ligero y te encontrabas con ese cúmulo de grasa flotante y claro, te corta el rollo cosa mala. Tienes que: o bien ir nadando detrás del parásito hasta que llegue a puerto, o tratar, si las circunstancias y el tráfico lo permiten, de adelantarlo. Esto es molesto e irritante.
El caso es que el tipo no parece darse por aludido cuando nos dedicamos a superarle de manera sistemática para intentar conservar nuestros propios ritmos de entrenamiento. El hijoputa debe pesarse que la piscina es suya y que el resto nos hemos colado. No nos dice que nos marchemos porque le acojona el número…
A mí me tiene harto. Hoy después de la sesión me he ido a hablar con los encargados para preguntarles si quieren que yo le diga algo o se lo dicen ellos. Esto lo he planteado en términos generales, refiriéndome a cualquier fulano “tronco flotante” que me pueda surgir y planteándoles que no quiero resultar rudo al ser yo quien llame al orden al desconsiderado de turno. Me han respondido que perfectamente, que lo ponga inmediatamente en conocimiento del socorrista que él se hará cargo de la situación.
A ver por donde me salen. Comentaba, después de todo esto, con mi amigo Hispalense, que es el que se viene a nadar conmigo. Que si no me hace caso el socorrista o el fulano ignora sus indicaciones, voy a agarrar, en mitad de la piscina al susodicho madero de naufrago por las pelotas y darle un buen apretón, de esos de “hubo un antes y un después”, a la vez que retuerzo y tiro con energía hija de la frustración hacia fuera.
Aunque solo sea de la sorpresa creo que semejante operación hará que el individuo trague suficiente agua como para que no se atreva a probar este líquido en varios meses por miedo a palmar de sobredosis. Si por algún azar se diese el caso de que realmente le de “un algo” en mitad de la piscina, ya avisaré yo al socorrista de que “Hay uno ahí que parece que no las tiene todas consigo. Sí pariente. Se quedó más parado que de costumbre de repente y ahora parece que ha tragado algo de agua. Vamos que se nos ahoga la lumbrera.
Estos tipos, los socorristas, están muy preparados. Seguro que en el peor de los casos lo sacan adelante y este, o no sale de la calle “slow” o se pasa a dar bañitos en su puta bañera.
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Bueno, ante todo ¡calma! No sé si te das cuenta, pero te has montado toda una película alrededor del personaje que probablemente no se esté enterando de que el odio se acumula tras su estela.
ResponderSuprimirHas hecho mal en permitir que el odio se acumule dentro de ti. La fuente de esos sentimientos podría ser una estupenda persona cuyo principal defecto sea estar en la parra y meterse grandes chuletones.
Dos palabras hacen mucho, si yo fuera tú le diría al caracol de agua dulce que se vaya hacia las otras calles y observaría qué es lo que pasa. No dejes que pase un día más, o sólo conseguirás alimentar tu odio inútilmente.
Por cierto, te estás anglificando. "Rudo" es una palabra que, aunque técnicamente aceptada por la Real Academia, los ibéricos no suelen utilizar hasta que se van de Erasmus y empiezan a encontrarse a algún anglosajón que merece el título de very rude.