Queridos y pacientes lectores.
Esta entrada la escribo en honor de “El Prodigio”. Él sabe perfectamente quién es.
Y se la dedico por dos motivos.
El primero es por un correo que ha tenido a bien enviarme comentándome el destino que me espera para con sus hijos J
El segundo, por un mensaje en el que protesta, no sin razón, de que al no ser un sectario del “caralibro” (facebook para el común de los mortales), no le llegan, sino de rebote, algunas de las noticias que me conciernen.
Por supuesto está también dedicada a aquellos que quieran perder su valioso tiempo leyendo estas líneas. Si no fuera por vosotros me limitaría a escribirle a esta persona un simple correo J
Situémonos en el pasado miércoles veinte de octubre.
Vengo de librar dos días seguidos, lo que no es habitual y además, he aprovechado uno de esos días para ir a patinar por esta ciudad (sigo en Edimburgo). Además he disfrutado de una visita desde Madrid la semana pasada y la de los padres de mi compi de piso esta. El Sol refulge y la vida me sonríe. O me hace muecas pero todo está en como se lo tome uno. Me toca trabajar con mi jefe, lo cual quiere decir que, si la cosa se pone muy complicada, sacará el “Superchef” que lleva dentro y resolverá las comandas en un visto y no visto. Así que me deja a cargo del servicio y él, con calma, va preparando cosas aquí y allá. Trabajar con el es como saltar al trapecio con red y arnés de seguridad extra. El servicio va a salir adelante sin problemas con total seguridad. Y si la cosa se pone muy tensa me toca correr para poder tener la sensación de que hago algo. Este tío puede con todo.
Pues pasada la hora punta de los desayunos, que había sido más bien suave, como ya esperábamos, me dedico a la caza de algo que hacer. No es que no se pueda mamonear. Alguno de mis compañeros lo hace con frecuencia, pero sucede que el tiempo pasa o da la sensación de pasar más rápido cuando estás ocupado, por no hablar de la satisfacción de hacer algo útil.
Como buen “pirata de tareas sin asignar” en el que me he convertido encuentro una lista en la que aparecen las cosas que necesitan ser hechas en algún momento y leo que la única que está si hacer es la “ensalada de col” que aquí llaman “Collslaw” o algo así.
La tarea en sí misma es muy sencilla. Uno pela una cebolla unas zanahorias y agarra un repollo (con fuerza que pesan un huevo). Y con ayuda de una mandolina (instrumento consistente en una rampa interrumpida en su centro por una ranura en la que se ajusta una hoja afilada con el propósito de sacar rodajas o pequeños filetes de verduras u otro género) se cortan en tiras o julianas la cebolla y el repollo y se añade las zanahorias ralladas junto con mahonesa.
Hasta aquí vamos bien.
Me encuentro terminando con el repollo después de haber cortado finamente la cebolla cuando mi mente, perdida por un instante en vete a saber que peregrinos pensamientos, se distrae por un instante y zás, un pedacito del meñique del que suscribe pasa a la historia con media uña incluida…
AY!!!
Lo primero que siento es un chute fulminante de adrenalina que me hace jurar en un par de idiomas. Pedazo de corte. Lo lavo y trato de contener la sangre. Me parece hasta ver el hueso pero me digo que no puede ser…
Sí puede ser.
Mierda!!
Le digo al friegaplatos que busque al jefe y le diga que tengo un problemilla. Aprovecho para buscar el trozo de carne que le falta a mi dedo y lo encuentro. Mira tú que suerte…
Aparecen de golpe el responsable de mantenimiento y mi jefe, este con el botiquín, dispuestos a ver que pasa y si es tan grave como les ha debido decir el otro compañero.
Pues sí. Chorro de sangre va, chorro de sangre viene me ponen un apósito y me preguntan que qué prefiero para ir al hospital, que si taxi o ambulancia. Miro con cara de ¿pero que me estás contando colega? Dame mi cacho de carne y salgamos zumbando en lo que sea que quiero que me cosan esto a ver si tiene arreglo. Coño”. O eso es lo que pienso pero contesto muy educadamente, Tú medirás que es mejor Primo. A todo esto entra la directora de guardia y ve como me acuclillo mientras mi jefe me termina de poner el apósito. No es que quiera que me nombren caballero, es que se me ha pasado el subidón de adrenalina y necesito facilitarle a mi sangre el llegar a la cabeza. “Estás muy pálido David. ¿Estás bien?” dice.
“Claro, Prímula” pienso yo “me he tajado un trozo de dedo y lo estoy buscando por el suelo. No te jode” Como no me acuclille que caigo redondo y a más distancia del suelo. Pero lo dejo en un “está bien, está bien”.
Que me mandan en taxi. “¿Quién me acompaña?” Pregunto yo que soy un águila para estas cosas. “Ah, pues que te acompañe el friega platos”
Pues muy bien. Allá que vamos. Primero hay que cambiarse, porque hay que salir adecentado a la calle y luego corriendo al taxi que ya espera en la puerta.
Porque no estaba o para correr por ahí que si no a pie llegaba casi antes, con la vuelta que se dio. No fue culpa del hombre. Había muchísimo tráfico y a mí los cinco o diez minutos se me antojaron eternos.
Pero nos dejó clavaditos en “Lesiones menores”. Como era mi dedo, la lesión era menor, llega a ser el de otro y ya veríamos…
Pero me toman nota en seguida
“¿Qué quiere usted?”
“¿Yo? Una de dedo, por favor”
“Marchando!!”
El caso es que entre una cosa y otra no pasamos más de veinte minutos en el hospital. Me dijeron que el trozo que yo traía tan ilusionado con la esperanza de que me lo cosieran no me lo iban a coser.
“Que no, majo. Que esto se regenera solo. Ya te crecerá”
Ya veremos qué es lo que me crece al final.
Me practican unas curas. Un vendaje y para casa machote que esto no es nada.
Vuelve mañana que te cambiemos el vendaje y ya te contamos como va la vaina
De vuelta en el trabajo, menos de una hora después de haber salido, mi jefe me manda para casa y me dice que me tome el día siguiente también libre. Que vaya al hospital y me curen como es debido y todo lo demás y con lo que me digan, que hable con él. Así que ayer estaba ya de vuelta al trabajo con un vendaje estupendo en el dedo y confiando en que vuelva a ser lo que fue.
Resumen. El dedo me tiene algo puteado pero no duele, es simplemente raro notar el vendaje en la herida. Eso sí. Tiemblo al pensar que me tengo que quitar el vendaje mañana.
Qué grima….
Prodigio. Por lo demás estoy perfectamente. Solo echándoos de menos a todos en general y a quién tú ya sabes en particular… J

Siento mucho tu perdida, pero me alegro un montón de tener noticias tuyas. Un beso.
ResponderEliminarMarijose, eres un Sol. pero eso ya lo sabías :-)
ResponderEliminarNo ha habido pérdida ireemplazable salvo por la parte que toca de rascarse dentro del oído derecho con la otra mano, que se me hace raro, pero que no se hace uno idea. Hice, incluso, una tentativa de escribir con la izquierda pero me dije "déjate de mariconadas que puedes usar la derecha perfectamente". Y ahora que me he quitado el apósito y veo como evoluciona la "regeneración" se que en un par de meses como mucho nadie va a saber si me ha pasado algo en el dedo o no. No me importa tener que seguirme cortando la uña de eses dedo el resto de mi vida. Es bueno tener ese dedo. Es estupendo tenerlos todos aunque uno no toque el piano (personalmente yo solo perpetro cosas con el teclado :-))
Me alegro de saber que estás al otro lado de la pantalla. Si tienes un rato y ganas, me cuentas que tal te va y cuanto ha debido crecer la criatura :-)
Besos, David.
Pasame tú correo electronico y te cuento cositas, el que yo tengo es el de gmail, que ya el año pasado me comentaste que usabas poco.
ResponderEliminarCoño David, he leído esto tarde, pero que sepas que no tiene precio (como tu dedo)
ResponderEliminarTengo que seguir escribiendo por aquí. Vuestras respuestas son un placer exquisito :-)
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