Cuando te suceden estas cosas.
Dramáticamente escatológico, pero no puedo evitar poner, al fin por escrito, ese sentimiento que a todos nos debe de haber asaltado alguna vez al vernos presa de las circunstancias y tratar por todos los medios de escapar de ellas.
Claro. Uno escucha o lee la anécdota y puede pensar -pues ya ves que tontería- Si este es el caso, ruego a aquellos que son de este parecer, se impriman este relato y lo tengan a mano para el momento en el que se vean en semejantes circunstancias, que no están solo ni son pioneros es dicho campo.
Al asunto. Tengo el gusto, aquí, en tierras septentrionales perdidas de la mano de esa civilización a la que estoy acostumbrado, es decir, la de la castiza meseta ibérica, de disfrutar de nuevo de la compañía de una amigo que hace pocos meses regreso sin intención de volver a corto plazo. Ha resultado ser una grata sorpresa el que decidiese presentarse aquí con el firme propósito de quedarse algún tiempo, si la oferta de trabajo a la que ha respondido le sale bien.
El caso es que ayer quedamos para vernos, dar un paseo, cenar y tomar algo. No paramos de charlar durante aproximadamente unas seis horas. Nos descuidamos con la hora y tuvimos que optar por cenar en un italiano en el que, a pesar de lo tardío de la noche y ser domingo, nos dieron de cenar. La palabra clave aquí es “Vesubio”, que viene a ser el nombre de una de las dos pizzas que decidimos compartir como buenos camaradas. Digo la Clave porque una característica que era de esperar por el propio nombre de la pizza es que tenía un importante factor picante. Nada incomestible por otro lado, pero quienes conozcan el paño sabrán que, los alimentos picantes a los no habituados, suelen tener la particularidad de picar tanto al entrar como al salir.
Si yo tenía dudas de cuanto duraba mi proceso digestivo, este suceso me las ha aclarado. No son unas tres o cuatro horas como yo me figuraba, sino más bien unas dieciocho o veinte. Puede que algo menos, pero el caso es que, hoy habíamos decidido quedar de nuevo, pues ha de llevar a cabo algunas gestiones de carácter administrativo que implican factores anglosajones y mi estimado amigo se siente, por ahora, más seguro si yo me encargo de las gestiones telefónicas que conllevan el tratar con nuestros primos hermanos hijos de la Gran Bretaña. Esto nos ha servido de excusa, al menos a mí, para dedicar medio día al solaz y compañía de este, mi amigo.
En mi confianza fisiológica y creyendo que conozco mis procesos internos básicos y elementales, pensé que ya había procedido a desestimar, por la mañana, el asunto de la pizza consumida la noche anterior. Error.
Aquello, de manera totalmente silenciosa e inapreciable seguía su lento curso a través de esas múltiples vicisitudes que sufren aquellos alimentos que corren la suerte de ser ingeridos por, en este caso, mi persona.
No quisiera entrar en detalles más desagradables de lo absolutamente necesarios, pero considero que es importante hacer inca pie en algunos de ellos, con objeto de transmitir al lector en la mayor medida posible el grado de embarazo que puede esta, mi persona, llegar a sufrir en determinadas circunstancias. Ya durante el paseo noté algunas señales de advertencia. Incluso parados en un semáforo tuve a bien poner en antecedentes a mi compadre sobre la necesidad de que se alejase, por favor, un poco, pues yo había procedido a expulsar de forma fortuita una silenciosa (o eso creo yo) ventosidad y había constatado su carácter de infame y nauseabundo hedor. Presa de la vergüenza traté de mantener a mi estimado colega ignorante de su verdadera esencia (si, esencia en el más amplio de los sentidos, por decir algo), que no de su naturaleza. Venía a ser algo así como –Oye majete. Aléjate un poco no termine de golpe nuestra amistad, anda…-
Al constatar que lo hora ya era tardía y por convencimiento mutuo de atender distintos asuntos personales, dimos al rato por concluida nuestra jornada de asueto y procedimos a resolver nuestros respectivos negocios pendientes del día. En mi caso, hacer una rápida compra en un supermercado y retirarme para descansar y recuperarme para el día siguiente. No contaba yo con que mi organismo, en plena ebullición y entusiasmo productivo, seguía con sus procesos sin prisa pero sin pausa.
El drama sobrevino dentro del supermercado. Unas compras rápidas no tendría por qué haber supuesto trastorno alguno, pero el caso es que el sentimiento de culpa y de agresión al prójimo floreció en mí tan pronto como dejé escapar una ínfima (lo juro ÍNFIMA) porción de gas interno a presión y se me vino el mundo encima.
Tengo un amigo que se hubiese sentido a la par orgulloso y a la par celoso de aquella creación.
Yo solo quería desaparecer de allí y que nadie me recordase.
¡¡Qué asco!!
Tan aprisa como me fue posible me dispuse con el mayor empeño a cubrir mi rastro recorriendo pasillos a gran velocidad tratando de no ser relacionado con la infamia que había dejado escapar en un lugar público y cerrado. Por un momento, presa del pánico, creí que podrían proceder a la evacuación preventiva del comercio en cuestión, pero pese al alto grado de repugnancia que me pudiese producir aquello, dista mucho de los niveles que afirma haber tenido ese amigo que pudiera sentirse celoso.
La cálida sonrisa de la cajera, hermosa muchacha, me hace pensar que no fui relacionado con lo abandonado a mis espaldas en algún pasillo. Eso o que carece totalmente de sentido del olfato o del buen gusto.
Sin entrar en detalles, hace poco que comprobé que, al contrario de lo que creía, los chiles picantes de la pizza de la noche pasada no habían sido expulsados aún. Ahora sí (confío que en su totalidad)
lunes, 2 de agosto de 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
El castillo del centro de Edimburgo
Un soleado día en Edimburgo
